Chris M. Frésquez
Posted June 4, 2026
De vez en cuando, tengo la oportunidad de sentarme a charlar con alguien cuya historia me acompaña mucho tiempo después de que la entrevista haya terminado.
Recientemente, viví esa experiencia al hablar con Zach Brooks, un nativo de Colorado, empresario, receptor de un trasplante, deportista y activista cuya trayectoria vital es un poderoso recordatorio tanto de la fragilidad como de la resiliencia del espíritu humano.
Lo que me llamó la atención de inmediato fue lo corriente que fue el comienzo de su historia.
En 1998, a los 28 años, Zach estaba jugando al fútbol en una playa de California. Pateó un montículo de arena en lugar del balón y se lesionó un dedo del pie. Como haríamos la mayoría de nosotros, acudió al médico sin esperar nada más que una radiografía y quizá unos días de molestias.
En cambio, un análisis de sangre rutinario cambió su vida.
Su médico detectó anomalías en su función renal. Durante los meses siguientes, pruebas adicionales revelaron una rara enfermedad autoinmune llamada nefropatía por IgA. A finales de ese año, los riñones de Zach estaban fallando.
Al escucharle describir aquellos primeros días, recordé lo a menudo que ignoramos las señales que nos envía nuestro cuerpo. El síntoma principal de Zach era el agotamiento. Lo atribuía al trabajo y a las exigencias de la vida cotidiana. ¿Cuántos de nosotros hemos hecho lo mismo?
Sobre todo los hombres, a menudo nos convencemos a nosotros mismos de que simplemente estamos cansados, estresados o con exceso de trabajo. Aplazamos los chequeos anuales. Aplazamos las citas con el médico. Nos decimos a nosotros mismos que ya lo haremos más adelante.
A veces, ese “más adelante” nunca llega.
Uno de los momentos más impactantes de nuestra conversación se produjo cuando Zach describió una conversación con su médico. Decidido a evitar la diálisis y un trasplante, preguntó cuánto tiempo podría seguir sin tratamiento.
La respuesta fue una semana.
Una semana.
Esa realidad lo cambió todo.
Afortunadamente, su padre ya se había ofrecido para ser donante de riñón. Meses más tarde, Zach recibió su primer trasplante.
Luego vino otro capítulo extraordinario.
En lugar de permitir que su diagnóstico lo definiera, Zach decidió abrazar la vida. Se involucró en el deporte, la competición, la defensa de causas y el servicio. Sin embargo, años más tarde, se enfrentó a otro desafío devastador cuando su riñón trasplantado comenzó a fallar.
Una vez más, uno de sus padres dio un paso al frente.
Esta vez fue su madre.
Durante nuestra conversación, Zach compartió una frase que se me ha quedado grabada desde entonces.
“Mis padres me dieron la vida tres veces”.
La primera vez, al nacer.
La segunda vez, a través de la donación de riñón de su padre.
La tercera vez, a través de la donación de su madre.
Mientras hablaba de sus padres, la emoción se apoderó de su voz. Incluso después de todos estos años, le cuesta comprender del todo la magnitud de su sacrificio. Me dijo que un «gracias» nunca le parece suficiente.
Entendí perfectamente lo que quería decir.
Como padres, a menudo hablamos del amor incondicional. Los padres de Zach lo demostraron.
Lo que también me impresionó fue que Zach no considera su supervivencia como un logro exclusivamente suyo. Habló de los miles de médicos, enfermeros, investigadores, técnicos, científicos y pioneros de la medicina cuyo trabajo hizo posible sus trasplantes.
Su gratitud va más allá de su familia y se extiende a toda una comunidad de personas a las que nunca conocerá.
Esa perspectiva ha marcado su vida.
Hoy en día, Zach es el fundador y director ejecutivo de UGenome, una empresa dedicada a la medicina genética y genómica. Ha dedicado años a la defensa de los trasplantes, ayudando a concienciar sobre la donación de órganos y apoyando a los receptores de trasplantes de todo el mundo. Ha competido en numerosos Juegos de Trasplantados (Transplant Games), ganando medallas y demostrando lo que es posible después de un trasplante.
Sin embargo, cuando le pregunté por esos logros, habló menos de medallas y logros y más de relaciones.
De amistades.
De conexiones.
De la comunidad.
La oportunidad de ayudar a otra persona.
Hubo otra lección de nuestra conversación que merece nuestra atención.
Zach insistió repetidamente en que un trasplante es un tratamiento, no una cura.
Recibir un órgano es solo el comienzo de un compromiso de por vida con la salud. Habló de la importancia de la alimentación, el ejercicio, el sueño, la atención médica regular y prestar atención a las señales que nos envía nuestro cuerpo.
Son lecciones que nos sirven a todos, hayamos pasado por una enfermedad grave o no.
Quizás la conclusión más importante de nuestra conversación fue algo que a menudo olvidamos.
La vida puede cambiar en un instante.
Una visita rutinaria al médico.
Un análisis de sangre.
Un diagnóstico inesperado.
O la decisión de alguien dispuesto a convertirse en donante de órganos.
Mientras nuestra comunidad se prepara para dar la bienvenida a atletas y defensores de los trasplantes de todo el país con motivo de los próximos Juegos de Trasplantados en Denver, espero que la historia de Zach nos anime a cada uno de nosotros a pensar de forma un poco diferente sobre la salud, la prevención y el regalo de la donación.
Y lo más importante, espero que nos recuerde a apreciar a las personas que hacen posible nuestras vidas.
Para Zach Brooks, esa gratitud comienza con sus padres, que le dieron la vida tres veces.
Para el resto de nosotros, tal vez comience por reconocer los dones que ya tenemos, y por utilizarlos para ayudar a otra persona.
Chris M. Frésquez, editor y director ejecutivo de The Weekly Issue/El Semanario.
Traducido por Juan Carlos Uribe para The Weekly Issue/El Semanario.
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